Merida me recibió con los brazos abiertos, radiante y preciosa. Simplemente me fascinó. Nada más dar mis primeros pasos por la ciudad, unos gatitos cachorritos pasaron corriendo delante de mi para meterse en una puerta de un portal antiguo donde alguien les habia dejado comidita y aguita.
Suspire, estaban cuidados por algún alma inquieta.
Inolvidable, como pasear acompañada de un maduro escritor sevillano que se brindó a hacer las fotos a los felinos fascinado por mi fascinación por ellos. Cuando le explique lo que me hacian sentir me prometió que en su proximo libro aparecerá, al menos, uno. Otra vez el corazón en un puño.